Cada día, quienes se acercan a la Basílica del Pilar en Zaragoza contemplan un gesto cargado de simbolismo: la Virgen aparece revestida con uno de los cientos de mantos que a lo largo de los siglos le han sido ofrecidos como signo de amor y gratitud. No se trata de un simple adorno, sino de un lenguaje silencioso de fe que se ha convertido en tradición viva.
Actualmente, la Virgen del Pilar custodia más de 450 mantos, cuidadosamente guardados en la Sacristía y el Museo Pilarista. Muchos niños zaragozanos, antes de recibir la Primera Comunión, viven con ilusión el rito de “pasar por el manto”, como signo de protección y cercanía de la Madre de Dios.
Una tradición que se remonta siglos atrás
Ya en documentos del siglo XVI se habla de esta costumbre. En 1577 estaban catalogados 72 mantos, y desde entonces la colección no ha dejado de crecer. Antiguamente, estos mantos se colocaban como vestidos completos que cubrían casi toda la imagen, dejando únicamente a la vista el rostro de la Virgen y del Niño.
Con la reforma impulsada en el siglo XVIII por el arquitecto Ventura Rodríguez, el manto empezó a colocarse más abajo, a la altura de la columna, de modo que la talla gótica de la Virgen quedara descubierta. Así nació la disposición que conocemos hoy: un manto en forma de falda trapezoidal que reviste directamente el Pilar, mientras la imagen permanece a la vista.
Colores que siguen el ritmo de la liturgia
Los mantos no se eligen al azar. La Iglesia establece que su color debe corresponder al tiempo litúrgico:
- Blanco: para Pascua, solemnidades y fiestas del Señor.
- Verde: tiempo ordinario.
- Morado: Adviento, Cuaresma y difuntos.
- Rojo: en memoria de los mártires.
- Azul: fiestas marianas, como la Novena de la Inmaculada.
Además, en días señalados se colocan mantos especiales: el de las Carmelitas el 16 de julio, el de la Guardia Civil en su festividad, o el regalado por la reina María Cristina cuando la Familia Real visita la basílica. Incluso existen jornadas en las que la Virgen aparece sin manto —los días 2, 12 y 20 de cada mes— como recuerdo de su venida a Zaragoza, de su fiesta mayor y de la coronación canónica de su imagen.
Regalos nacidos de la devoción
Los mantos son fruto de donaciones: familias, instituciones, cofradías, colegios, países hermanos, toreros, artesanos, e incluso medios de comunicación, como el Heraldo de Aragón, han querido dejar su huella de fe en esta tradición. Cada pieza encierra una historia: un agradecimiento, una petición de ayuda, un homenaje o simplemente un gesto de amor filial hacia la Virgen María.
Están confeccionados con materiales muy diversos —terciopelo, seda, tisú, damasco, brocados, e incluso cuero o papel— y bordados con técnicas que van desde el bolillo y el ganchillo hasta la pedrería o los esmaltes. Algunos de ellos son verdaderas obras de arte que, sin embargo, superan lo material porque son ofrendas que hablan de fe.
El ritual del cambio de manto
Cada noche, cuando la Basílica se cierra, el capellán de la Virgen entra en el camarín para realizar un gesto discreto y lleno de significado: retirar el manto del día y colocar el del siguiente. Se sirve de un bastidor llamado “portamantos”, que permite adaptar con cuidado la prenda al Pilar. Después, las puertas se cierran y la Virgen queda velada hasta la mañana siguiente, cuando vuelve a mostrarse a los fieles.
Bajo el manto de la Virgen: signo de protección
Desde hace siglos, muchos de estos mantos han sido prestados a los enfermos para acompañarlos en su dolor, cumpliendo lo que rezamos en las letanías: “Salud de los enfermos, ruega por nosotros”. Era costumbre extenderlos sobre quienes sufrían, como prenda de consuelo y esperanza. De ahí nace la expresión “falleció bajo el manto de la Virgen del Pilar”, que tantas veces se ha leído en esquelas aragonesas.
En tiempos recientes, ante la gran demanda, surgieron las llamadas “medidas de la Virgen”: cintas de tela que reproducen el tamaño exacto de la imagen y que permiten a los devotos llevar consigo, en casa o incluso en sus coches, un recuerdo tangible de la protección maternal de María.
Una colección que es patrimonio espiritual
Hoy, la Virgen del Pilar cuenta con más de 450 mantos, cada uno distinto, pero todos testigos de la misma realidad: la fe sencilla y profunda de un pueblo que se sabe amparado por su Madre. Quien contempla a la Virgen ataviada con estas prendas, descubre que no son simples ornamentos, sino símbolos vivos de la historia de amor entre Zaragoza, Aragón, España e Hispanoamérica con María del Pilar.
Porque cada hilo bordado, cada color litúrgico, cada ofrenda depositada en la Basílica, recuerda la promesa que sostiene la fe de generaciones:
“No temas, hijo mío, que yo estaré contigo siempre”.